11.9.11

Ven a mi pueblo, por favor

Frases que la prensa ha puesto a circular a raíz de la sesión descentralizada del Congreso, y en general, con la intención de descifrar el nuevo estilo del Gobierno de Humala, revelan una imaginación por lo demás curiosa y, en algunos casos, perniciosa de la naturaleza del Estado y su relación con el territorio y la sociedad. “Ensuciarse los zapatos”, “bajar al llano”, “estar con el pueblo”, “mojarse”, entre otras, revelan que, para la gente que elabora la imagen informativa y contribuyen a dar ideas sobre la acción pública, el Estado es un bodoque o un balcón, un espacio cerrado y altivo que, de vez en cuando, se abre y sus emisarios bajan a donde el pueblo mora, se ensucian con su contacto, ya que, si bien la gente de a pie no es sucia per se, la forma en la que vive sí. Es una crítica, en parte, a la opulencia lumpen con la cual nuestros representantes se adornan, muchas veces, en un intento de darle dignidad a su función, nunca mejor ilustrada con las frases de algunos congresistas, y en particular de uno que, ante la inminencia de la toma de funciones, trata de buscarse un lugar más preferencial para vivir.

Así que esa imagen funciona por angas y mangas. Pasar a la administración pública es acceder a una escalera que libera a los otrora ciudadanos regulares de la suciedad cotidiana de la ciudadanía común y corriente. Toda esa imagen del Estado arriba, el “pueblo” abajo, uno opulento y solemne, el otro percudido y bucólico, nace, en parte, de esa parafernalia huachafa del estado de poder. Si la cultura de gestión pública se impregnara de más austeridad, menos aspaviento y de la voluntad de buscar formas más dinámicas y óptimas de representación y trabajo político, el Estado sería un poco más legitimo y cercano, y no estaría ni se lo sentiría tan arriba.

10.9.11

No es que te importe, sino que quieres venderme algo

Hay un sentido común sobre el rol de las empresas y sus inversiones dentro del bienestar en general. Se dice que las inversiones son, poco menos, que un favor que se le hace a un país. El relato incide más o menos en que un grupo de buenos empresarios deciden bendecir los mercados invirtiendo su dinero en tal o cual lugar. Sus empresas, generan trabajo, y los productos y servicios que nos dan, una suerte de favor. La aerolínea “x” es buena porque vuela a algunas ciudades, y a veces, es más buena cuando baja los precios de sus pasajes. O la empresa de comunicaciones se interesa en las poblaciones alejadas por poner un teléfono comunal. Les importa, dicen sus eslóganes, el bienestar y el progreso. El caso más caricaturesco, para los fines del texto, es el de las empresas extractivas, que suelen vender su presencia como una vía rápida para el desarrollo.
Bueno. Al margen de todo el rollo sobre el efecto multiplicador de las inversiones, o los empleos que genera, los aparatos de comunicación y responsabilidad social nos proponen, casi de contrabando, pensar su accionar y su naturaleza dentro de los términos de los favores. La empresa es un buen y magnánimo amigo de la sociedad que, casi de forma desinteresada, le vende cosas, le brinda servicios, y sacrificando su rentabilidad –que pena- está presente en los lugares más alejados para sus intereses. Este sentido común lleva, de la misma manera, a obligaciones. La sociedad debe darse a algunas obligaciones, como relajar su crítica, ceder en sus derechos como clientes, como consumidores, como trabajadores, y acomodar, a veces a fuerza de represión, sus lógicas y procesos para no asustar e incomodar a nuestras amigas empresas. Con tal, nos hacen un favor con su presencia.
Lo cierto es que, plantear que las empresas son nuestras amigas que nos prestan favores, esconde el hecho básico de la relación económica. Las empresas venden y compran cosas. Venden y compran servicios. Lo hacen según un toma y daca de oferta y demanda, y las inversiones que hacen para parecer amistosas, lejos de una probable buena intención, tienen como objeto crearnos la sensación de obligación. Cuando lucran con actividades de bien público, como el transporte, las comunicaciones, la información o la salud, no es que nos hagan un favor brindándonos sus bondades, sino que es su obligación por asumir su negocio desde un tipo de actividad en la que el objetivo y el lucro se estorban muchas veces. Ese sentido común debería de replantearse, darse otros términos. Las empresas buscan rentabilidad, la sociedad busca (debería de) el bienestar, y (suspendiendo por ahora al Estado) en ese estado de cosas y establecida así la relación, no caben los favores o los vínculos amistosos, sino los lazos e intercambios justos.

9.9.11

Antropólogos al ataque


Así que terminamos, después de años de frustraciones y demás, la gloriosa (o no tanto) carrera de antropología. Ser antropólogo - y digo "ser" porque creo que es algo que te define, aunque no lo quieras - es una cosa complicada. En primer lugar por lo obvio: chamba! Yo, personalmente, ando harta de cachuelos esporádicos pero no me imagino haciendo otra cosa. Pero no se trata solo de eso. Ser antropólogo te caga la vida. Te intoxica. Te vuelve postmoderno, quejón, insoportable. Hace que hables en un idioma que muchos no entienden. Sobre-analizas los clichés y pierdes la mirada sencilla sobre la vida cotidiana (concepto por lo demás en boga en las ciencias sociales).


"Gente chupando y bailando" o "Población subalterna expresando su estatus social a través de un ritual agonístico"


Claro, también está el lado positivo. Todos piensan que eres inteligente y te regalan libros. Yo soy un ratón de biblioteca - del tipo monse, lo es - así que eso me agrada. Bueno, pero volviendo al tema: ya somos antropólogos! Para no afrontar las responsabilidades que eso acarrea y ocupar nuestro tiempo en otra cosa que ver series gringas y/o jugar interminables maratones de Winning Eleven hemos decidido crear este blog. Vamos a utilizarlo para desahogar nuestras frustraciones profesionales (y no tanto), las lecturas que nos ponen más, las cosas que nos alegran y las que nos indignan de este gran país llamado Perú (soundtrack Himno Nacional y/o las toadas del Grupo Euforia). Y como además de antropólogos somos cusqueños, no faltará su toque chauvinista. Así que están advertidos.