Frases que la prensa ha puesto a circular a raíz de la sesión descentralizada del Congreso, y en general, con la intención de descifrar el nuevo estilo del Gobierno de Humala, revelan una imaginación por lo demás curiosa y, en algunos casos, perniciosa de la naturaleza del Estado y su relación con el territorio y la sociedad. “Ensuciarse los zapatos”, “bajar al llano”, “estar con el pueblo”, “mojarse”, entre otras, revelan que, para la gente que elabora la imagen informativa y contribuyen a dar ideas sobre la acción pública, el Estado es un bodoque o un balcón, un espacio cerrado y altivo que, de vez en cuando, se abre y sus emisarios bajan a donde el pueblo mora, se ensucian con su contacto, ya que, si bien la gente de a pie no es sucia per se, la forma en la que vive sí. Es una crítica, en parte, a la opulencia lumpen con la cual nuestros representantes se adornan, muchas veces, en un intento de darle dignidad a su función, nunca mejor ilustrada con las frases de algunos congresistas, y en particular de uno que, ante la inminencia de la toma de funciones, trata de buscarse un lugar más preferencial para vivir.
Así que esa imagen funciona por angas y mangas. Pasar a la administración pública es acceder a una escalera que libera a los otrora ciudadanos regulares de la suciedad cotidiana de la ciudadanía común y corriente. Toda esa imagen del Estado arriba, el “pueblo” abajo, uno opulento y solemne, el otro percudido y bucólico, nace, en parte, de esa parafernalia huachafa del estado de poder. Si la cultura de gestión pública se impregnara de más austeridad, menos aspaviento y de la voluntad de buscar formas más dinámicas y óptimas de representación y trabajo político, el Estado sería un poco más legitimo y cercano, y no estaría ni se lo sentiría tan arriba.