Hay un sentido común sobre el rol de las empresas y sus inversiones dentro del bienestar en general. Se dice que las inversiones son, poco menos, que un favor que se le hace a un país. El relato incide más o menos en que un grupo de buenos empresarios deciden bendecir los mercados invirtiendo su dinero en tal o cual lugar. Sus empresas, generan trabajo, y los productos y servicios que nos dan, una suerte de favor. La aerolínea “x” es buena porque vuela a algunas ciudades, y a veces, es más buena cuando baja los precios de sus pasajes. O la empresa de comunicaciones se interesa en las poblaciones alejadas por poner un teléfono comunal. Les importa, dicen sus eslóganes, el bienestar y el progreso. El caso más caricaturesco, para los fines del texto, es el de las empresas extractivas, que suelen vender su presencia como una vía rápida para el desarrollo.
Bueno. Al margen de todo el rollo sobre el efecto multiplicador de las inversiones, o los empleos que genera, los aparatos de comunicación y responsabilidad social nos proponen, casi de contrabando, pensar su accionar y su naturaleza dentro de los términos de los favores. La empresa es un buen y magnánimo amigo de la sociedad que, casi de forma desinteresada, le vende cosas, le brinda servicios, y sacrificando su rentabilidad –que pena- está presente en los lugares más alejados para sus intereses. Este sentido común lleva, de la misma manera, a obligaciones. La sociedad debe darse a algunas obligaciones, como relajar su crítica, ceder en sus derechos como clientes, como consumidores, como trabajadores, y acomodar, a veces a fuerza de represión, sus lógicas y procesos para no asustar e incomodar a nuestras amigas empresas. Con tal, nos hacen un favor con su presencia.
Lo cierto es que, plantear que las empresas son nuestras amigas que nos prestan favores, esconde el hecho básico de la relación económica. Las empresas venden y compran cosas. Venden y compran servicios. Lo hacen según un toma y daca de oferta y demanda, y las inversiones que hacen para parecer amistosas, lejos de una probable buena intención, tienen como objeto crearnos la sensación de obligación. Cuando lucran con actividades de bien público, como el transporte, las comunicaciones, la información o la salud, no es que nos hagan un favor brindándonos sus bondades, sino que es su obligación por asumir su negocio desde un tipo de actividad en la que el objetivo y el lucro se estorban muchas veces. Ese sentido común debería de replantearse, darse otros términos. Las empresas buscan rentabilidad, la sociedad busca (debería de) el bienestar, y (suspendiendo por ahora al Estado) en ese estado de cosas y establecida así la relación, no caben los favores o los vínculos amistosos, sino los lazos e intercambios justos.
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